En los malos momentos de nuestras vidas, cuando estemos en peligro, o nos encontremos desanimados para seguir luchando por ser mejores, acudamos a María. Con plena confianza. Como hijos suyos que somos. Una madre nunca abandona a sus hijos. María nunca nos apartará de su lado. Ni cerrará sus oídos a nuestras peticiones. Al contrario, nos acogerá siempre. Nos oirá, aunque la aburramos con nuestras repeticiones. Nos devolverá la alegría cuando estemos triste. Nos animará a seguir caminando. Nos iluminará en este camino por el que vamos andando hacia la meta. Es nuestra madre y protectora.

Espíritu Santo, que en la tierra… no sea yo paja inútil ni cizaña perjudicial, ¡sino grano bueno! – San Manuel González
Podemos, con los ejemplos de nuestras vidas, ser cualquier cosa menos aquello que debemos ser, que es ser semilla que nace, crece



