Aprendamos a ser más humildes. Renunciemos a los personalismos y a considerarnos mejores que otros. Porque no lo somos. La soberbia es un mal que nos causa mucho daño. Cuánto más huyamos de ella, mejor nos irá. Si empezamos por renunciar a querer ser centro de atención y protagonistas de cuanto bueno e importante surge en nuestro entorno, habremos dado un gran paso para acercarnos al hombre nuevo que Cristo quiere que seamos.
Humildes, humildes: es la virtud cristiana que a todos toca – Juan Pablo I
Nuestra sociedad, formada por creyentes y no creyentes, está necesitada de personas que vivan la virtud cristiana de la humildad. Son las