Nos falta la inocencia de los niños pequeños, la humildad de las gentes más sencillas, el desprendimiento de los que nada tienen ni desean. Nos sobra arrogancia, soberbia y egoísmo. Nos reconocemos a nosotros mismos como los mejores. Por ello no entendemos tantas cosas que Tú, Señor, solamente revelas a los que se despojan de sus vanidades. Danos, Señor, un poco de esa sencillez que necesitamos para poder entender mejor lo que quieres decirnos personalmente.

Si hay un niño, un joven, un anciano necesitado, un cristiano no puede quedar tranquilo – San Juan Pablo II
La interpelación a nosotros mismos debería ser permanente: ¿por qué nos hacemos los sordos para no escuchar las peticiones de ayuda, a



