No se trata de cuánto damos, sino del espíritu que anida en nuestro corazón cuando acudimos a ayudar al necesitado. Lo que importa, pues, es el amor que pongamos al dar nuestra limosna, grande o chica según nuestras posibilidades. Lo que Dios tiene en cuenta es la actitud de nuestro corazón, el cariño con el que actuamos. La generosidad sale del alma y, si es auténtica, no pone límites ni en la cantidad ni en la forma en la que compartimos lo que tenemos con los que nos necesitan.

Veo a mi Cristo pobre, ¿y yo me atreveré a seguir viviendo como rico? Veo a mi Cristo humillado y despreciado, ¿y seguiré deseando que me rindan honores? – San Cayetano de Thiene
Estamos acostumbrados a correr detrás de las riquezas terrenales como si fueran los ídolos a los que hay que adorar. Huimos de



