Pueden intentar destruir nuestra imagen lanzando contra nosotros injurias, mentiras o acusaciones sin base. La tentación que nos acecha siempre es responder a tales cosas con rotundidad, intentando defendernos personalmente porque nos sentimos obligados a dar la cara por nosotros mismos. En cambio, lo más prudente, lo más cristiano también, es guardar silencio, mantener la calma y que el tiempo, los otros o los propios difamadores se encarguen de restituir nuestra reputación.

«No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» (XXIV T. ORDINARIO)
Foto: R. Misas «No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» XXIV T. ORDINARIO (Mateo 18, 21-35) Hoy



