No es admisible practicar la caridad con tristeza. Ni con desgana. Ni por compromiso social. Hay que poner en ello alegría, ilusión, entrega. Porque eso es lo que da valor a nuestras acciones caritativas hacia los demás. Debemos estar dispuestos permanentemente a ayudar. Con la palabra y con las obras. Sin regatear nada. Conscientes de que el premio nos vendrá dado por el Señor, que no dejará sin recompensa un simple vaso de agua que demos en su nombre a quien tiene sed.

¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel! – San Bartolomé
Seguir a Jesús, reconociendo que es el Hijo de Dios que vino a salvarnos, es el principio sobre el que ha de



