Da la sensación, a menudo, de que vivimos entre desgracias, impotencias para resolver los problemas y sacrificios sin sentido. Los cristianos solemos participar de estas sensaciones. Ello sucede porque nos alejamos de nuestro principal objetivo, que es buscar al Maestro, para aprender de Él y cobijarnos en Él. Cuando le buscamos sinceramente, los contratiempos se convierten en acicate para seguir trabajando, el dolor se transforma en consuelo para parecernos más a Él, y encontramos solución a todo lo que, sin su ayuda, nos parece imposible. La cercanía a Jesús nos trae paz, consuelo y fuerzas para ver las cosas con otra mirada.

«¡Señor mío y Dios mío!» (II DOMINGO DE PASCUA)
Foto: J. Serrano «¡Señor mío y Dios mío!» II DOMINGO DE PASCUA (Juan 20, 19-31) El mundo está viviendo una etapa convulsa:



